Cada vez que ingreso a este lugar, siempre me pregunto lo mismo: ¿para qué toda esta parafernalia? ¿Es necesario todo este derroche de material? Recuerdo que en mi familia era el paso obligado de los domingos a la mañana después de misa.
Mi viejo en su Chevrolet especial dorado me llevaba encerrado en un silencio inquebrantable. De vez en cuando se le escapaba una lágrima, y cuando lo veía me preguntaba el porqué de eso… Yo era uno de esos chicos que pensaba que los padres no lloran, que son inmunes a todo. Sin embargo, alguna que otra mañana de domingo, mi viejo lloraba y mi imagen de él (a mi pesar) se humanizaba.
Estábamos a unos pocos metros y, antes de entrar, comprábamos algunas flores: a veces eran calas, otras crisantemos, y otras, claveles… Si bien la flor variaba, el color siempre era blanco. Nunca le pregunté por que, pero supongo que por la paz, o algo así.
Una vez que teníamos las flores, empezábamos el camino. ¡Me costaban tanto esos tres escalones de la entrada! No tenían nada de especial. Eran tres escalones comunes y corrientes, sin embargo me pesaban… y mucho.
Una sola vez me animé a romper ese intenso silencio, y hablarle a mi viejo cuando estábamos entrando:
-Papá –dije con miedo.
Mi viejo frenó su marcha, bajó su mirada recia e imponente y me dijo:
-Cállese la boca. En este lugar guarde silencio. Muestre respeto.
Bajé la mirada y seguimos camino. Mi viejo con un dolor inmenso, y yo sin entender completamente la situación. “¿Respeto a qué?” era la pregunta que sonaba en mi cabeza.
Pasaron los años y ahora soy un hombre maduro. Entiendo un poco más a mi viejo. Él era una de esas personas a las cuales todavía les dolía la muerte, o la vida según como lo vea cada uno. Volví a este lugar y recorro sus pasillos olvidados: completamente vacíos, con flores secas destrozándose por una simple brisa, con miles y miles de lágrimas derrochadas en la nada, e infestado de signos religiosos que sólo significan muerte para mí.
No sé por qué volví, puesto que no pertenezco a este lugar y no pretendo pertenecer nunca. Aquí solamente hay fundas olvidadas que provocan miseria y enjugan lagrimales. Si uno tiene tiempo y recorre esos innumerables espacios encuentra lápidas pequeñas cuyas inscripciones ya no son legibles, mausoleos imponentes que demuestran el nivel económico de familias que a pesar de la muerte aún sienten esa necesidad inútil de gritar en silencio: ¡somos ricos y poderosos!
No pienso en términos de lo correcto e incorrecto, cuando estoy acá solamente siento… y ya no quiero sentir esto. No quiero acordarme de los que ya no tengo y pensar en todas esas preguntas que no les hice; ni tampoco hablarle de mi vida a un vacío que solamente es eso: un vacío. Prefiero olvidarme de todo esto, y aprovechar lo que tengo: este corazón que todavía sigue golpeando con fuerza, y que me lleva a seguir adelante.
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